Durante el primer trimestre del 2021, tomé una de las decisiones más arriesgadas y transformadoras de mi vida: me lancé de lleno al mundo de la minería de criptomonedas. No tenía un mentor, ni una comunidad, ni conocimientos técnicos profundos. Lo único que tenía era curiosidad, hambre de aprender y una corazonada de que ahí había una oportunidad real.
Lo que comenzó como un experimento terminó convirtiéndose en un capítulo que marcaría mi vida para siempre.
De cero conocimientos al mundo del hardware de alto rendimiento
Al principio, me enfrenté con el muro del desconocimiento técnico. Sabía muy poco sobre hardware, pero tenía claro que para minar criptomonedas de forma rentable necesitaba equipos de alto rendimiento. Así que empecé a estudiar desde lo más básico: ¿Qué es un rig? ¿Qué tarjetas de video son las mejores para minería? ¿Cómo se configuran?
Poco a poco, fui armando mis propios rigs. Usé tarjetas gráficas de alta gama como las NVIDIA RTX 3080, 3090 y algunas AMD RX 6800 XT, que en su momento eran oro puro en el ecosistema cripto. Cada rig era un rompecabezas que combinaba componentes de precisión: motherboards con múltiples puertos PCIe, fuentes de poder robustas, sistemas de refrigeración por aire y espacio optimizado para mantener la estabilidad térmica.
Cada armado era una mezcla de ingenio, pasión y ensayo/error. A veces todo funcionaba perfecto al primer intento. A veces… explotaba un cable o la BIOS se negaba a reconocer las GPUs. Pero con cada error, aprendía. Y con cada aprendizaje, mejoraba.
Las criptomonedas que me lo enseñaron todo

Miné principalmente Ethereum (ETH), Monero (XMR) y Bitcoin (BTC). Cada una tenía su propia lógica, dificultad y rentabilidad. Ethereum, con su algoritmo Ethash, era ideal para las tarjetas de video potentes. Monero, más amigable para CPUs, me permitió experimentar en paralelo. Y aunque minar Bitcoin con GPU ya no era rentable desde hace tiempo, mantuve una pequeña participación vía pool solo por convicción histórica.
Lo que más me impactó fue cómo estas monedas, que eran simplemente líneas de código, podían tener tanto poder sobre mi día a día. El valor de ETH o XMR podía subir o bajar un 20% en horas, y eso significaba ganar o perder cientos de dólares en un solo día. Aprendí a mantener la calma, a no vender por pánico, a holdear estratégicamente y a saber cuándo tradear.
El vértigo del éxito… y la calma del declive

Durante gran parte del 2021 y el 2022, mis rigs funcionaban como relojes suizos. Era una operación controlada, optimizada y muy rentable. Los ingresos que generaba mensualmente superaban cualquier etapa anterior de mi vida laboral. Me sentía realizado, independiente, dueño de mi tiempo y de mis decisiones.
Pero como todo en el mundo cripto, los ciclos son implacables.
A medida que Ethereum anunció su transición a Proof of Stake (Ethereum 2.0), y los costos energéticos comenzaron a subir, la rentabilidad empezó a caer. A mediados del 2023, mantener la operación activa ya no era viable. Apagué los rigs. Sentí que algo dentro de mí también se apagaba.
Un vacío difícil de explicar
Lo que vino después fue extraño. No era solo una pérdida económica. Era un vacío emocional y mental. La adrenalina diaria, las configuraciones, los foros, las mejoras… todo había desaparecido. Ya no estaba ese cosquilleo en el estómago al despertar y revisar la rentabilidad del día. Había una calma incómoda.
Y es que la minería no fue solo una actividad técnica. Fue una forma de vida. Un reto constante. Una maestría en resiliencia, autodisciplina y adaptación.
¿Qué aprendí de todo esto?
Aprendí que la autonomía tiene un precio. Que el conocimiento técnico se paga con errores. Que las oportunidades vienen disfrazadas de confusión. Que el éxito no se mide solo en ingresos, sino en la capacidad de construir algo desde cero.
La minería me cambió para siempre. Y aunque hoy estoy en otros proyectos, más alineados con inteligencia artificial, automatización y negocios digitales, ese capítulo sigue siendo uno de los más formativos de mi vida.
Si estás pensando en lanzarte…
Hazlo. No esperes tener todo claro. No esperes la «mejor oportunidad». Las oportunidades son como los bloques de una blockchain: solo tienen sentido cuando se encadenan con tus decisiones anteriores. Equivócate, aprende, mejora. Mientras dure, vívelo intensamente.
Y cuando termine, no te lamentes: agradece por haber sido parte de algo que muchos solo observaron desde la orilla.